El término de “utopías retrógradas” alude esos espectros que, increíblemente, todavía recorren América Latina y le impiden afrontar con éxito al mundo global: populismo, socialismo, nacionalismo revolucionario, guevarismo, etc.
Es curioso y lamentable que el pensamiento marxista en sus formas más ortodoxas -o las concepciones intelectuales ligadas al viejo intervencionismo estatal -hoy derrumbado en el mundo- sobreviva casi exclusivamene en América Latina, a veces de modo expreso, en ocasiones de manera subliminal. Basta con navegar por internet, asomarse a las universidades públicas, revisar la prensa "progre" o echar un ojo a los títulos de reciente publicación en las liberías de cualquier capital del subcontinente para encontrarnos con un aluvión de cándidos reiteradores de clichés dignos de los años 60.
Chávez nacionaliza la industria cementera. El argumento es que "exportan demasiado", cuando, según el gobierno, deberían replegarse estrictamente sobre el mercado interno. Se conjugan así dos de los más persistentes tópicos latinoamericanos: el de la nacionalización y el del desarrollo hacia adentro. El primero es recurrente. Evidentente, y vale la pena decirlo y reiterarlo, la experiencia bien nos ha enseñado que privatizar por privatizar con con la idea de beneficiar a determinados particulares o grupos no es un remedio milagroso para las ineficiencias (en México tenemos los tristes casos del monopolio de Slim y de la desastrosa privatización bancaria, entre otros), pero que, tanto o más que la propiedad, lo importante es que haya competencia. ¿Qué sentido tiene, entonces, invertir cuantiosas fortunas para comprar empresas que ya están funcionando, construir monopolios y no agregar una tonelada de producción? Así se relegan inversiones imprescindibles en infraestructuras cuya falta explica la aparente paradoja de que, sentada encima de enormes reservas petroleras y gasíferas, la región vive al borde de la crisis.
Aparece, entonces, el otro fantasma: "la empresa no protege el mercado interno y privilegia la exportación". Asoma de inmediato la obvia pregunta: ¿por qué la construcción nacional no puede pagar por el cemento el mismo precio que el mercado exterior, pese a la ventaja de un flete mucho más barato? ¿No se advierte que cerrando el mercado simplemente habrá más costo para quienes quieran acceder a una vivienda? Soy de los que en su tiempo defendió el desarrollo de ese mercado interno, cuando el mundo estaba bloqueado y los mercados cerrados; hoy, en el escenario globalizado, se compite en el mercado exterior o simplemente se marcha hacia atrás. ¿Cómo creció Chile? ¿Cómo se transformó España? ¿Qué hace hoy una China que sigue llamándose comunista pero compite con ambición en todos los mercados del mundo, grandes o pequeños? ¿Qué nos enseñan los casos de dramático esarrollo sostenido y acelerado que presentaron Corea del Sur y los "tigres" Asiáticos? La experiencia histórica, ¿no sirve de nada?
Por otra parte tenemos las dramáticas alternativas provocadas por las FARC en la castigada Colombia, una organización terrorista cuya asociación con el narcotráfico nadie niega, pero resulta que Chávez la describe como un "movimiento respetable", mientras muchos periodistas, a veces sin advertirlo, terminan endosando la responsabilidad al Estado democrático que en cumplimiento de su obligación más elemental se defiende y no a los secuestradores que inicuamente maltratan a sus víctimas. En el fondo, sobrevive el resorte psicológico de la fascinación revolucionaria, que envuelve su violencia con un aura romántica. Así se sustenta hasta hoy el mito de Fidel Castro, un gobernante autoritario con medio siglo de tiranía, al cual hasta hace poco los progres llamaban "presidente” y no dictador, en un país donde hay un solo partido, un solo diario y una sola televisión, subordinados todos al poder absoluto y a la perenne vigilancia de un Estado abiertamente policiaco donde, por cierto, acaba de anunciarse como algo revolucionario la venta de teléfonos celulares y de algunos tipos de PC, pero “el Comandante” es el “presidente”, y no un dictador como Pinochet y tantos otros.
Todo esto se emparienta con el antiyanquismo, otro dinosaurio ideológico, que hace de cualquier irresponsable un combatiente progresista mientras ataque a los Estados Unidos. En Latinoamérica nadie dentro de la progresía puede ser intelectualmente respetado si no cultiva el odio a los norteamericanos. Estados Unidos es más que la fracasada adminisración Bush, es también una formidable democracia, a la que vemos -actualmente- en una efervescente elección primaria donde candidatos discuten, confrontan y todo lo ventilan ante la mirada escrutadora de los ciudadanos. Lo cual nos conduce, por oposición, a otra gran utopía retrógrada aún presente en nuestro hemisferio: la presunta representatividad de la plaza pública, la “democracia directa de la gente en la calle" -así la describen los demagogos- que confunde los derechos individuales en la prepotencia del grupo porril y usurpa el poder público que en las democracias representativas se concentra en el Estado. El caso más lamentable lo acabamos de ver en Argentina con los piqueteros, pero en México no nos estamos quedando atrás con los hooligans de López Obrador.
Para muchos es imposible superar estos sueños, que se convierten en sofocantes pesadillas. En el París de los años 50 se decía que más valía equivocarse con Sartre que acertar con Raymond Aron. Mayo del 68, hace justo 40 años, fue el último acto de esa elegante irracionalidad. Desde entonces, el socialismo europeo se asumió, sin reparo alguno, como socialdemocracia renovada y el nacionalismo se impregnó del pensamiento liberal. Pero en América Latina seguimos soñando, añorantes, con lo que ya fue.







