-“Pero camarada Stalin, el pueblo lo demanda…
-“No metas al pueblo en esto, Georgi te lo prohíbo terminantemente, mira que soy capaz de…”
Así le farfullaba Stalin a Georgi Malenkov, uno de sus más fieles vasallos de toda la vida, cuando éste le planteaba al Vozhd la magnificencia de las celebraciones que se preparaban para festejar el septuagésimo aniversario del nacimiento del Padre de los Pueblos, el 21 de diciembre de 1949. ¡Y vaya que estaban presentes la ostentación y el boato más extremo en lo que concernía a tan fausto acontecimiento! “En el mundo no hay tinta suficiente para transcribir las celebraciones efectuadas con motivo del septuagésimo aniversario de Stalin”, escribió su biógrafo, Boris Souvarine. Costaron casi seis millones de rublos, atrajeron a millones de peregrinos y marcaron la internacionalización definitiva del culto a Stalin, uno de los pocos consagrados a un tirano en vida que ha sido practicado fuera de las fronteras del imperio del sátrapa reverenciado.
No era la primera vez que el Padre de los Pueblos protestaba por lo que le parecía un acto de adulación exagerado por parte de sus lacayos. Varias veces antes habían convocado éstos la ira de Stalin con ideas para halagarlo. Una de las más memorables había sido años antes, cuando con motivo de sus espectaculares “triunfos” ante los nazis en los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial, el general Ivan Koniev propuso elevar al Vozhd al grado de “Generalísimo”. Stalin, “ofendido”, les espetó, furioso “Para qué diablos necesito esa estupidez, a ver” y les recordó que “ Franco es Generalísimo, Chiang Kai-shek es Generalísimo, menuda compañía me han conseguido”, pero como dice Simon Sebag Montefiore en El Zar Rojo, “El cortesano sabio sabe cuando su amo desea secretamente ser desobedecido”, y el título de Generalísimo se quedó, a pesar de que Stalin jamás condujo a ejército alguno en el campo de batalla y no obstante que el apodito nunca fue tan del agrado del Vozhd como aquel otro, hermoso, de P"adre de los Pueblos."
Justo es decir que muchos de los estudiosos más “serios” de este fenómeno del culto a la personalidad aseguran que Stalin no era del todo hipócrita al rechazar de vez en cuando tanto culto a su amable personita, y es que dentro de su inmensa vanidad. El Padre de los Pueblos soñaba con ser un ideólogo marxista de primerísima línea, por lo menos a la altura de Lenin, y la teoría despreciaba el papel del individuo en los avatares históricos, donde sólo la acción de las masas era la importante. ¿Cómo él, Stalin, gran teórico del materialismo dialéctico iba a aceptar una práctica tan poco marxista como el culto a la personalidad? Es decir, el complejo de inferioridad que el Vozhd siempre tuvo respecto a los intelectuales marxistas se hacía presente en este tema, tratando de impedirle dar rienda suelta a su megalomanía. Desde luego, con todo, sus escrúpulos no presentaban demasiada resistencia. A final de cuentas, el jefazo justificaba la necesidad del culto apoyado en lo que consideraba un argumento muy riguroso, muy teórico y nada peleado con el sagrado marxismo: el analfabeto pueblo ruso poco entendía de abstractas teorías y necesitaba idolatrar a un soberano como durante siglos lo habían hecho con los zares, le era imprescindible endiosar a alguien de carne y hueso para calibrar en su totalidad los grandes cambios de la historia. Ya cuando el pueblo fuese “educado”, otra cosa sería, pero por el momento, mientras concluía el azaroso tránsito del socialismo al comunismo, era necesario ceder a las viejas prácticas del pobre pueblo irredento. Y sólo por eso, por estrictas consideraciones a fin de cuentas muy, pero muy revolucionarias, Stalin se resignaba a ser considerado un Dios entre los hombres.
Por lo tanto, a lo grande se celebró el 70 cumpleaños de Dios. Formaron parte del comité organizador de los festejos absolutamente todas las figuras destacadas del régimen bolchevique, además de los más importantes personajes de la vida intelectual y artística de la Unión Soviética, incluido, de manera señalada, Dimitri Shostakovich. La gran fiesta empezó a finales de agosto del 49 con la detonación de la primera bomba atómica soviética en algún desierto de Kazajistán. Durante los meses previos al cumple diariamente le llegaban al Vozhd desde todos los rincones de su vasto imperio miles de telegramas y cartas de sus súbditos que se desbordan en exagerados elogios orientales: “Eres el más Grande (15 años antes del surgimiento de Mohammed Ali)”, “Genio Inmortal”, “Líder Inimitable”, “Jefe más grande de todos los tiempos”, y un larguísimo etcétera. De hecho, fue un torneo colosal e interminable de rimbombantes halagos. Se dieron una miríada de discursos laudatorios casi sin precedentes en la historia de la humanidad. Los elogios se multiplicaban y disputaban entre sí por ser el más cursi, ridículo y descabellado: “Brillante genio de la humanidad”, “Portaestandarte de la Paz”, “Maestro Inigualable”, “Mejor Amigo de las Vacas y Reses” (dicho por Mikoyan), “Gran Arquitecto del Comunismo y la Felicidad Humana”, “Abanderado, orgullo y Esperanza de todos los Progresistas del Mundo”, “Gran Corifeo de la Ciencia que ha sabido Resolver las Cuestiones más Complejas de Nuestro Tiempo”, “Inmenso Humanista”, “Gigante Revolucionario”, “Titán de nuestros Tiempos”. “Gran Jardinero de la Felicidad Humana”, y así ad infinitum.
También la prensa oficial se desvivió con cosas como estas: “...los escritores ya no saben con quién compararte y nuestros poetas ya no disponen de una cantidad suficiente de perlas lingüísticas para describir tu personalidad”. Se reescribió para la ocasión la historia del Partido Comunista. En la nueva versión conmemorativa Stalin nunca se equivocó y jugó un rol principal en la revolución de 1917, incluso más que Lenin. Se reimprimieron todos los tomos de las obras ideológicas de Stalin y Pravda tuvo el orgullo de informar que se habían publicado más de 700 millones de ejemplares de las obras de Stalin, contra 279 millones de las de Lenin y 65 millones de las de Marx-Engels. También se publicó (millones de ejemplares, por supuesto) una nueva breve biografía del Vozhd que lo mostraba, literalmente, como “un sabio infalible,el más grande dirigente y el más sublime estratega de todos los tiempos y de todos los países”.
Millones de imágenes invadieron (otra vez) el país, en oficinas, escuelas, hospitales y hogares. La declaración más trivial y estúpida de Stalin se repetía por millones, elevadísimos conceptos como “los cuadros lo deciden todo”, o “nosotros los bolcheviques debemos asimilar la técnica”. Para los poetas era “el sol”, “el amo de nuestros corazones”. Un escritor, Leonid Leónov, escribió que llegaría el momento en que toda la humanidad lo reverenciaría y la historia aceptaría que Stalin y no Jesucristo había sido el punto de partida del tiempo. Por toda la URSS innumerables ciudades, aldeas, granjas colectivas, escuelas, fábricas, instituciones, calles y avenidas fueron rebautizadas con el nombre del líder. Una enorme exposición mostraba al público los incontables regalos que recibió el ilustre festejado por parte de sus admiradores de todos los rincones del orbe.
Claro, nada de esto era precisamente “nuevo”, pero fue impresionante la intensidad y fruición con la que las adulaciones se multiplicaron en esta tan magnífica ocasión. Más novedoso resultó ser la entronización definitiva del culto a Stalin, con toda su magnífica intensidad, en Europa oriental y el resto de las naciones satélites de la URSS. En capitales como Praga, Varsovia, Budapest, Sofía se erigieron gigantescas estatuas del Padre de los Pueblos. Se renombraron decenas de ciudades (destacando Varna, en Bulgaria) y miles de pueblos, avenidas (Stalinalle en Berlín, la más importante, quizá) calles, plazas, distritos, colonias, barrios, hasta montañas, sin faltar los cursos y conferencias impartidos en las universidades y centros académicos de los países avasallados para difundir el pensamiento del Genio Más Grande de la Historia.
El plato fuerte del cumple fue una súper función de gala en el Bolshoi con la presencia de los grandes jerarcas del comunismo. Estuvieron presentes, además de todos los satrapillas del politburó, los dirigentes de las naciones recién adquiridas por el imperio rojo. De este tan selecto grupo sobresalía Mao, que dedicó una de las dos únicas ocasiones en las que salió de China para rendir pleitesía a Stalin, eso sí, muy a regañadientes y sintiéndose muy humillado por el trato que, a su juicio, el Vozhd le había dispensado, y eso que Stalin lo sentó a su diestra durante toda la celebración. Pero como dice Sebag, ambos ególatras se observaban mutuamente "con frialdad desde la cima del Olimpo de su propia autoestima”. Escuchó el homenajeado dentro del teatro Bolshoi interminables discursos y soflamas encendidas. La alocución de Mao, dicha con esa vocecita tan desagradablemente aguda que tenía, dio lugar a una gran ovación. Pero el momento más conmovedor se dio cuando Natasha, la hija de nueve años de Poshkrebishev, uno de los más célebres lacayos de Stalin, subió al estrado, leyó una bella poesía en honor al líder y después se acercó a el para darle un beso y un ramo de rosas rojas. ¿Cuántos sabrían entonces que la madre de tan linda nenita había sido poco antes cruelmente asesinada en el Gulag?
A la salida del teatro esperaba al festejado una muy bonita sorpresa: la imagen del Padre de los Pueblos era proyectada en el cielo con un enorme globo aerostático como fondo. Daba la impresión que tal y como sucedía con los grandes héroes de la mitología griega, Stalin hubiese ascendido a los cielos para ser convertido en una nueva constelación.
