“Calificar a Muammar Khadafy dictador excéntrico sería empequeñecer al personaje”, escribió en El País Enric González, y lo mismo podría decirse de su megalomanía. Adjetivar al coronel Khadafy simplemente como “megalómano” sería no hacerle justicia, porque lo del líder libio va a un lugar más allá de la megalomanía. Nos encontramos ante un ególatra colosal, uno de los tiranos más descabellados de la historia contemporánea y uno de los más enigmáticos. Un psicópata aparentemente fuera de la realidad del mundo, pero que ha logrado sobrevivir más de cuatro décadas en el poder. Un tirano que pasó de ser enemigo jurado de occidente y de aspirar a ser una especie de “Che Guevara árabe” a ser un cercano aliado y socio de los varios conspicuos gobiernos europeos y de destacados capitalistas. Un delirante vesánico que no se cansa de decir los peores disparates y de pronunciar los discursos más erráticos, pero que ha sabido derrotar a cuanta disidencia interna se le ha presentado…..al menos hasta el revolucionario 2011. Un sobreviviente de sobrevivientes. Un odioso esperpento de estrafalarios atuendos, cargado de botox y custodiado por sus grotescas guardias “vírgenes”, pero que es un político excepcionalmente maquiavélico y realista que hoy da fiera batalla para tratar de sobrevivir a la caótica revolución que intenta derrocarlo con el apoyo de las potencias de la OTAN.
Buena parte del secreto de la supervivencia del coronel Khadafy es que resulta difícil distinguir donde empieza el líder y donde la mismísima Libia. La personalidad, con todas sus aristas, del Loco de Sirte ha modelado Libia hasta crear una asociación casi indisoluble. No se olvide que Libia es uno más de esos países inventados por el colonialismo, una construcción artificial sin ninguna razón histórica para que sea un solo país, dividida estaba en tres provincias separadas, cada una con sus tribus de pastores rurales seminómadas. Khadafy trabajó duro para forjar un Estado único con esas provincias a base de una brutal represión pero, sobre todo, prohijando un intenso culto a la personalidad. Se ha hecho llamar a si mismo “Rey de Reyes”, “Imán de todos los Musulmanes”, “Hermano Maestro”. Pero más importante aún, es uno de esos megalómanos con pretensiones de ser un Genio Universal. Son estos mis favoritos, ¡Qué duda cabe!
Nunca conforme con ser líder y personalización de un país norafricano poco habitado, Khadafy primero quiso ser líder del mundo árabe, fascinado como estaba por el panarabismo del egipcio Nasser. De hecho, se hace del poder en 1969 al dar un golpe de Estado inspirado en las doctrinas nasserianas que, a la sazón, ya iban de picada tras la aplastante victoria de Israel en la guerra de los seis días. Panarabismo que clamaba por cimentar la unidad árabe en la lengua, la cultura y la historia comunes, sino en un modelo laicista, socializante y antiimperialista. En los setenta y ochenta, la Libia de Khadafy, siguiendo la senda de Nasser, se convirtió en portaestandarte de la idea de la aniquilación de Israel, encabezó el embargo de petróleo a Occidente, compró armas apoyó a algunos de los más crueles autócratas del mundo y también, por supuesto, a movimientos terroristas de todo el orbe. En 1986, por órdenes de Reagan, aviones estadounidenses bombardearon Libia con la intención de liquidar a Khadafy. En búsqueda de venganza, los servicios secretos libios estuvieron detrás de los atentados contra un avión de Pan Am en Lockerbie, en 1988, y un avión francés de UTA sobre Níger, en 1989. Vino la censura unánime del mundo civilizado y el ostracismo. Con la caída del muro de Berlín pocos apostaban a una permanencia demasiado prolongada del locuaz dirigente libio, pero fue entonces que Khadafy supo reconvertirse. En los noventa, decepcionado por sus "hermanos" árabes, el Hermano líder declaró que ya no se sentía árabe, sino africano. En 1999 celebró en su natal Sirte la refundación de la Organización para la Unidad Africana (OUA) ahora rebautizada como Unión Africana. Khadafy diseminó dinero en 21 países del continente para invertir en negocios y proyectos mientras forjaba alianzas y ganaba notoriedad e influencia en África. Tiene la mitad de las acciones en una empresa de minas de diamantes en la República Centroafricana; un complejo de villas de lujo en Zambia; una empresa de pozos de agua para la agricultura en Etiopía; inmuebles en Liberia; una planta de agua mineral, una empresa textil y un complejo comercial y residencial en Chad, y terrenos y el 40% de una cadena hotelera en Sudáfrica. También se ha involucrado en la expansión de las telecomunicaciones en Níger, Ruanda, Uganda, Costa de Marfil, Sierra Leona, Sudán, Chad y Togo.
En 2008, Muammar Khadafy viajó a Kampala, en Uganda, para inaugurar la mayor mezquita de África subsahariana, capaz de albergar a 30,000 fieles. La pagó Libia y se llama Mezquita Nacional Khadafy. El coronel organizó el acto a su manera. Pagó el viaje a docenas de jefes tribales y líderes religiosos de países tan lejanos como Paquistán o Malasia; fletó un vuelo especial para 80 periodistas egipcios, y habló una hora ante 10,000 personas. Ahí se proclamó “Imán de todos los musulmanes”.
Tras los atentados del 11 de septiembre este camaleón fue capaz de propiciar su rehabilitación internacional, contra todo pronóstico. Se alió en la "guerra contra el terror" de Bush Jr., se abrazó con Blair, le hizo regalos a Aznar (quien lo acaba de llamar “amigo excéntrico, pero amigo”), se hizo camarada de Berlusconi (quien lamentó públicamente la actual suerte del líder libio) y plantó su jaima en Roma, Madrid y París. Privatizó el petróleo y abrió alegremente las puertas de Libia a las inversiones extranjeras.
Lo que no cambió Khadafy fue el culto a su amable personita y su idea de ser dueño de una visión cósmica: la yamahiriya o república asamblearia de las masas. El Rey de Reyes se cree poseedor absoluto de la verdad, por eso se ha comparado sistemáticamente con Jesús y el profeta Mahoma. Khadafy es de los ególatras que han escrito una obra “definitiva y definitoria”, como Mao con su Libro Rojo o el Turkmenbashi con su sagrado Ruhnamá. Al publicar su Libro Verde el déspota libio tenía la convicción de estar dando al mundo la respuesta integral a los problemas humanos, lo que él llama la "tercera teoría universal", nuevo Evangelio de lectura obligatoria en Libia, tan plagado disparates y perogrulladas como la obra del Turkmenbashi, y que funciona, entre otras cosas, como la Constitución de Libia . En uno de los pasajes el coronel Khadafy, que abjura radicalmente de la democracia representativa, dice: "La verdadera democracia no tiene más que un solo método y una sola teoría"... Su visión revolucionaria busca diferenciar a Libia de su entorno. De ahí su sistema de la yamahiriya, un neologismo que creó a partir de la palabra árabe yumhuría (república) y que se ha venido traduciendo de forma libre como "gobierno de las masas". Publicado en 1977 el irrefutable Libro Verde, el Hermano Líder procedió a renunciar a todos sus cargos públicos y se convirtió en el Hermano Líder de la revolución, mientras el poder pasó, en teoría, a unos comités populares dirigidos por incondicionales del régimen e incluso por adolescentes educados en el culto a la personalidad al tirano. En realidad, los Comités sirvieron de pretexto para arrinconar al Consejo de Mando de la Revolución y quitar competencias a ministros, gobernadores provinciales y otros altos funcionarios. Sin partidos políticos, sindicatos, cámaras industriales, ni organismos efectivos de representación, la estructura institucional del país quedó devastada. Incluso el ejército fue soslayado en beneficio de fuerzas elite y de mercenarios a sueldo del Hermano Líder, las mismas que hoy combaten con asombroso arrojo por el jefe. Loco, pero visionario, ¡Qué duda cabe!
Cualquiera que fueran las apariencias, Khadafy concentró en sus manos todo el poder, aderezado siempre con el histrionismo estrambótico que le ha convertido en uno de los líderes más singulares de la historia contemporánea, especialmente –insisto- desde que se publicó su libro verde, obra absurda que ha sido objeto de decenas de seminarios y simposios para ser objeto de análisis de economistas, politólogos, sociólogos y abogados de todo el mundo que han sido invitados a Libia y agasajados generosamente por el dictador. El Libro Verde tiene sus declarados admiradores en los adalides del neopopulismo latinoamericano, como Hugo Chávez, Cristina Kirchner y Evo Morales, e incluso recibió halagos de parte, ni más ni menos, que de Anthony Giddens, creador de la noventera Tercera Vía, quien célebremente declaró que la Carta Magna del Hermano Líder tenía “elementos en común con algunas ideas de las del nuevo laborismo”. Y si bien nunca se le ocurrió pagar para que tan insigne texto deambulara en el espacio alrededor de la tierra (como lo hizo el Turkmenbashi), sí tapizó de verde en alguna ocasión media feria del libro de Frankfurt para que el mundo se diera cuenta de su alumbramiento.
La personalidad de Khadafi está llena de paradojas. Pese a los desplantes que se le vieron en la plaza verde de Trípoli poco después de iniciada la actual revolución y aún a pesar de las desmedidas intervenciones que se le han visto en diversas ocasiones y foros internacionales, quienes lo conocen en su comportamiento habitual lo describen como un hombre de una “extremada sencillez”, que no se manifiesta en tonos violentos ni agresivos (¡¡¡¡’’’’’???¡¡¡¿¿¿), habla en un lenguaje coloquial con un tono de voz sereno y poco variable, y que parece más que un líder político una especie de patriarca que habla en tonos bíblicos sin inmutarse ni caer en desbordamientos emocionales. Con los ojos entrecerrados, prefiere conservar esa actitud indiferente y hierática de los dioses, con la esperanza de hacer sentir su superioridad al resto de los mortales. Jamás ve a sus interlocutores a los ojos. Este aparente rigor de ánimo contrasta con sus estrafalarias vestimentas. Por ejemplo, durante una visita a Roma el Hermano Líder pasó revista a tropas vestido con un uniforme opereta y con su carita cargada de Botox, lo que llevó a unos simpáticos periodistas italianos a decir que el sátrapa libio era una mezcla de Mussolini con Michael Jackson.
Un culto a la personalidad monocolor. La bandera de Libia es la única monocroma de todo el mundo. Su color verde, característica del islam, también simboliza la promesa de la revolución Khadafista (no por casualidad, desde luego) y de su gran Libro. Además del verde, el culto a Khadaffi se palpa en cada rincón de Libia, incluidos los lugares más inaccesibles del desierto. Cubren el país miles de carteles posters, retratos, mantas, mosaicos callejeros y luces de neón con la imagen del sátrapa. No hay estatuas del jefe, pero sí de su Obra Fundamental, tal y como sucede con el Ruhnamá del Turkmenbashi, aunque el megalómano de Turkmenistán só que era aficionado a las estatuas de su persona, ¡Y de oro! Como en otros casos de megalómanos aficionados a iluminar al mundo con la sabiduría de su pensamiento abundan las proclamas y citas del Sabio Universal, o en alabanza a él, como aquella tan enigmática que podría leerse por todas partes en ocasión al 40 aniversario de la Revolución y que rezaba “Lo imposible no pasaría si no fuera por ti”. Otra podría habilitar a Khadafy a ser presidente municipal de Cuernavaca si es que llega a ser derrocado, ya que lo alababa como el Líder de la Eterna Primavera”.
El culto a la personalidad de Khadafy pasa por hacer que la voz del Hermano Líder sea la única que es tomada en cuenta por los medios de comunicación del país. Las referencias a cualquier otro personaje ya sea a nivel nacional o internacional son muy escasas y secundarias.
Además del extendido culto a la personalidad, el secreto de la longevidad del régimen de Muammar Khadafy ha sido el establecimiento de un altamente represivo Estado policial represivo y un clientelismo exacerbado sufragado por la parte de la riqueza petrolera que no se queda en las manos del estrecho círculo que maneja el poder. La famosa yamahiriya se reduce a ser un Estado policial donde todo el mundo espía a todo el mundo y en el cual cada uno de los ciudadanos dependía del régimen para sobrevivir. Estaba prohibido el turismo, y el comercio y la industria eran prácticamente inexistentes. Nadie podía salir o entrar en el país sin ser autorizado por el régimen. En los términos del PIB, Libia es el país más próspero del norte de África, con su enorme riqueza petrolera y su escasa población (menos de siete millones de habitantes). Asimismo, el país presenta el nivel de IDH más alto del continente negro. Sin embargo, la realidad es que la mayoría de los libios viven en unas condiciones lamentables. El Estado no cumple ni siquiera sus obligaciones más básicas, más allá de otorgar ciertos regalos asistencialistas. Como en Túnez, Egipto y tantos casos más de naciones árabes, la riqueza está concentrada en manos de muy pocos, la familia del dictador y sus asociados en primerísimo plano. El desempleo es galopante, la escasez de vivienda escandalosa y los servicios de salud infames (aunque gratuitos, eso sí. Es cierto que con la apertura a occidente Khadafy pareció querer propiciar la modernización de la economía y que quería tomar en serio el tema de la competitividad. Incluso la Fundación Khadafi contrató al eminente economista de la escuela de negocios de Harvard, profesor Michael Porter, para fijar las prioridades de la reestructuración. Pero todo se vino abajo cuando el tirano se dio cuenta que la modernización de la economía pasaba necesariamente por fortalecer a la sociedad civil en detrimento del Estado omnímodo. Así es como hasta antes de iniciada la guerra civil la Compañía Nacional de Petróleo ingresaba cerca del 95% del total de divisas que recibe el país. Fue el rubro petrolero el único en abrirse. El ritmo de concesión de licencias de exploración y producción se acelerado a partir de 2002, al mismo tiempo que crecía la competencia entre las empresas petroleras internacionales para obtener las concesiones ofrecidas por la petrolera estatal Libia. Por eso mueve a risa oír a los neopolulistas y a los ultraizquierdistas denunciar que Occidente lo que en realidad quiere en Libia es adueñarse del petróleo. ¡Por favor!
La bastarda alianza entre corrupción sistematizada-culto a la personalidad-clientelismo petrolero explican parte de la longevidad de la dictadura Khadafista, pero no todo. Cuenta, y mucho, la insólita astucia del Líder. La vorágine revolucionaria que inició simbólicamente la inmolación de Mohamed Buazizi y que derrocó en cuestión de días a regímenes que parecían inamovibles, como el tunecino y el egipcio, parecía que barrería también en poco tiempo al sátrapa libio, sobre todo cuando el mundo vio a Khadafy despotricar contra de su propio pueblo en un delirante discurso en la Plaza Verde, en el que amenazó con condenar a muerte a todos los rebeldes. El orbe se dio cuenta de quién era el sujeto patético y apayasado de lenguaje caótico que había sido restituido con particular alegría al concierto de las naciones hacía apenas muy poco tiempo. Poco después el tirano aseguró:
"no soy presidente para que nadie me pida que dimita, sino que soy el líder de una revolución, si yo fuera presidente os habría arrojado a la cara mi dimisión". El sanguinario coronel amenazó con traer a millones de africanos para que defendieran su revolución, autorizó a sus "oficiales libres" para que aniquilaran a “las ratas". Lenguaje de megalómano que vive fuera de la realidad. Estuvo el dictador en esos febriles primeros días de la revuelta de sus proezas y de su heroicidad, asegurando que él era la "gloria" de Libia, y que la legalidad internacional y las leyes libias le otorgan el derecho a arrasar a los rebeldes. Mencionó como ejemplos la matanza de estudiantes de la plaza de Tiananmen, el bombardeo del Parlamento ruso ordenado por Boris Yeltsin, el salvaje bombardeo estadounidense de la localidad iraquí de Faluya.
Khadafy mantuvo el control de Trípoli y llegó a estar a las puertas de Benghazi. El viejo as bajo la manga de apostar por tropas mercenarias bien pagadas, adiestradas y bien armadas ha rendido frutos en la hora de la verdad. Hay en Libia alrededor de 150,000 mercenarios provenientes la mayoría de Chad, Mali y Níger, países en los que el coronel ha extendido sus tentáculos desde hace años. La OTAN tuvo que intervenir para impedir el desastre. De una mente tan deteriorada cabía esperar cualquier cosa, incluida una nueva masacre el tipo de Ruanda. La verborrea narcisista fue el principal argumento que esgrimió la OTAN para conseguir el aval para su intervención del Consejo de Seguridad. Durante ocho largos meses Libia ardió, Sirte, la cuna del vesánico, resistió todavía durante semanas después de la caída de la capital Trípoli. Ahí resistió el Rey de Reyes hasta que un buen día de octubre los rebeldes lo sacaron de una cloaca para asesinarlo. "Nos llamó ratas, pero miren donde lo encontramos", dijo ahmed al Shati, un rebelde de 27 años, parado junto a uno de los drenajes donde fue hallado el depuesto dictador antes de morir. Vaya justicia poética. Había prometido luchar "hasta la última gota" como tantos tiranos antes que él, y como tantos tiranos cobardes no supo morir con dignidad. El Loco de Sirte fue acribillado como un perro. Sic Semper Tyrannis.

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