Todos los megalómanos incluidos en esta colección han aportado alguna excentricidad a la perversa historia mundial del culto a la personalidad. El General Gnassingbé Eyadema no fue la excepción. Dictador por casi 40 años del pequeño Togo, nación del África occidental antaño conocida como "La Costa de los Esclavos", Eyadema fue un sanguinario tirano que asesinó personalmente a su antecesor en la presidencia de la malhadada república y práctico un extendido y alegre culto a la personalidad, ciertamente no tan elaborado y fastuoso como el de otros grandes megalómanos, pero que tuvo sus buenos momentos. Cierto que este líder togolés no se creía un "genio universal" que respondiera en un libro de su autoría a todas las inquietudes humanas, ni intentó conquistar al mundo, ni se mandó construir estatuas de oro. El prefirió explotar las posibilidades comunicativas del comic. Ordenó la impresión de una historieta ilustrada que tuvo una amplísima difusión (obligatoria lectura en las escuelas, desde luego) donde se representaba a tan insigne estadista como un superhéroe invulnerable dotado de poderes inauditos.
Ex campeón de lucha grecorromana, Eyadema llegó al poder en 1967 cuando apenas tenía 29 años por medio de un bonito golpe de Estado y lo conservó hasta el día de su muerte, que fatalmente le llegó, como le llegaba también a lo héroes clásicos: a pesar de haber sido siempre un favorito de los dioses. Siempre estuvo el preclaro gobernante del empobrecido Togo obsesionado con esto de los súperpoderes. En el comic se narran las formas absolutamente milagrosas gracias a las cuales el presidente salió ileso de varios supuestos atentados contra su vida, como aquella ocasión en que un grupo de sicarios disparó a mansalva contra Su Excelencia con metralletas sin que por lo menos una bala traspasara el cuerpo del Insigne, dejando tanto a atacantes como al resto de los testigos de tal portento completamente estupefactos. En otra página se describe aquella vez en que una bomba estalló dentro del avión que conducía al presidente a una país extranjero. El avión cayó envuelto en llamas, pero el Prócer incomparable quedó de alguna forma suspendido en el aire y logró, de mágica forma, descender suavemente a la tierra.
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