Sátrapas hay en esta colección que debieron construir de la nada un carisma que no poseían de natural, que siempre o casi resultaron antipáticos a la inmensa mayoría de sus gobernados y a quienes inundó una marisma de oprobio y desprecio al poco tiempo de morir o caer derrocados. No es el caso de Gamal Abdul Nasser, hombre de portentoso carisma, exuberante personalidad e imponente físico que fue genuinamente idolatrado por su pueblo y quien aun hoy es recordado como una inspiración legendaria, a pesar de que llevó a Egipto a sufrir una humillante derrota militar y que sentó las bases del autoritario, corrompido e ineficiente sistema económico y político que hoy se derrumba repudiado por el pueblo que ocupa el delta del Nilo.
Muchos analistas internacionales han hecho el símil entre el millón de personas que en 2011 se reunieron en la plaza Tahir para derrocar a Mubarak y aquel millón de almas que en 1967 se juntaron ahí mismo para rechazar la renuncia de Nasser y rogarle al gran Rais que se quedara en la presidencia tras la derrota en la guerra de los seis días. Pero lo cierto es que con la revolución actual llega a su fin la era instaurada precisamente por Gamal Abdel Nasser y no solo en Egipto, sino en Túnez y el resto del mundo árabe hoy en llamas. Una larga época que nació con la descolonización que siguió a la Segunda Guerra Mundial. Ascendió a la sazón al poder una generación de personajes cuyo principal objetivo era consolidar el nacionalismo, separar la religión del Estado y modernizar sus naciones utilizando una suerte de “socialismo árabe”. Los más destacados de estos dirigentes serían Gamal Abdul Nasser, el iraquí Karim Kassem, el sirio Hasem El-Atassi, el yemenita Abdala Al-Salal, el tunecino Habib Bourguiba, el argelino Ahmed Ben Bella y el mauritano Mouktar Ould Daddah. Se sumarían poco después a este espíritu socialista y nacionalista Hafez el Assad en Siria, un tal Saddam Hussein en Iraq y otro “tal”: el libio Muammar Gadafi.
Nacionalismo laico, socialismo a la árabe, odio al naciente Israel, estos eran los códigos que caracterizaron a estos dirigentes, pero también el culto a la personalidad. Por múltiples y profundas razones históricas y culturales los países árabes han sido particularmente proclives, desde siempre, a fomentar el culto a la personalidad de sus líderes. Bien conocidas son las dificultades que el laicismo ha enfrentado en las sociedades árabes. El Islam no ha podido jamás aislar por completo lo religioso de lo político. Se experimenta en los países musulmanes una formidable tensión histórica entre religión y política. Los dirigentes poscoloniales procuraron sustituir el canon religioso con un discurso nacionalista, en ocasiones ferozmente antiimperialista, y con un arraigado culto a la personalidad.
Desde luego que el más destacado de estos líderes fue el egipcio Nasser, nacido en Alejandría en 1918 como hijo de un cartero y desde muy joven atraído por la política anticolonialista, tanto que a los 17 los hizo su primera visita a la cárcel por participar en manifestaciones antibritánica. Se convirtió en militar, ascendió rápidamente a coronel y en 1948 tras la derrota de su país (a la sazón ya plenamente independiente) en la guerra de independencia de Israel estableció contacto con otros jóvenes oficiales descontentos con la incompetencia y corrupción de la monarquía reinante y formaron la organización de los oficiales libres, que llegó al poder en 1952 luego de darle un golpe de estado al anodino rey Faruk.
Caudillo de verbo fogoso y destemplado, Nasser pronto destacó como el verdadero “hombre fuerte” del nuevo régimen y como un feroz partidario de iniciar un movimiento nacionalista panárabe contra Israel. En 1954 asumió la presidencia de la República. Inició entonces un régimen sumamente autoritario y personalista que reprimió todo intento de oposición, en particular la que representaba la organización islámica de de los Hermanos Musulmanes. Nasser convirtió a Egipto en una república socialista árabe de partido único, sistema presidencialista fuerte y, eso sí, con el Islam como religión oficial, pero apartándolo lo más posible de las tareas de la gobernación, que recaían en exclusiva en manos del Rais. Desarrolló una calamitosa reforma agraria, estatizó la economía, subsidió alimentos y se sumó de manera entusiasta al movimiento de los No Alineados impulsado por otras de las estrellas anticolonialistas del momento: Nkrumah, Sukarno, Tito y Nehru, los grandes líderes del Tercer Mundo hasta mediados de los años sesenta.
Tenía el sueño era unir a los ultra divididos pueblos árabes bajo el liderazgo egipcio, pero este panarabismo sólo acarreó violentos resentimientos, el más incandescente contra Israel, cuya existencia fue considerada una ofensa de Occidente. Logró Nasser una estruendosa conquista al recuperar para Egipto el canal de Suez luego de aprovechar crasos errores de los gobiernos de Inglaterra y Francia, que afrontaron mal una hábil escalada política y bélica instigada por el presidente egipcio. Se consolidó la figura del Rais como gran líder del mundo árabe. Jamás antes un dirigente islámico gozó del beneficio de una autoridad igual. Su culto a la personalidad tiene la particularidad de que se fundamentó en una idolatría surgida de forma espontáneamente en la gente, y no solo de su país (otra peculiaridad), sino en prácticamente todo el mundo árabe. Fue un culto a la personalidad trasnacional y espontáneo.
En pocos años de poder Nasser se convirtió en jefe indiscutido de todos los árabes. Sin duda, ningún estadista, en los tiempos modernos, pudo influir tanto como él en la conciencia árabe y en sus comportamientos políticos, y fue la confianza en su sinceridad y su fidelidad, sumados a su victoria frente a Occidente en la escalada de Suez de 1956, lo que creó la popularidad del Rais y la elevó muy por encima de todos los otros jefes y mandatarios. Pero aquí nos hallamos ante una actitud a la vez fundamental y peligrosa, pues así es cómo la política se hunde en lo emotivo y lo irracional. Tras recuperar el canal llegó la hubrys. El culto al líder se intensificó. Su triunfo político y diplomático elevó su influencia en el mundo árabe, pero Nasser no supo administrar con sabiduría esta inmensa ascendencia. Primero fue el fracaso de la República Árabe Unida, proyecto de unificación con Siria y Yemen que se vino abajo en 1961 a causa del excesivo autoritarismo de Nasser. Luego forjó el presidente una sólida alianza armamentista con la URSS (olvidando sus devaneos neutralistas y no alineados) y el incremento incesante de la retórica belicista contra Israel que desembocó en la paliza de la Guerra de los Seis Días.
El Rais fue víctima de su propia imagen heroica, que lo llevo a elevar las tensiones con Israel a un punto de no retorno en 1967. Sintiéndose amenazado, el estado judío lanzó un fulminante ataque preventivo (como hoy se le conoce) y en menos de una semana demolió al ejército egipcio. Esta derrota devastó a Nasser y a su prestigio panárabe. Decidió asumir la responsabilidad del fiasco, dimitió a la presidencia, pero el pueblo que lo idolatraba no se lo permitió. Ya nada sería igual, de todas formas. Un súbito ataque al corazón termino con su vida una mañana de septiembre de 1970. Cinco millones de egipcios le rindieron un franco homenaje ante su féretro. Pero Nasser dejó como herencia el fracaso del panarabismo y de su política económica, destruida ésta por la explosión demográfica, los excesos del armamentismo, el despilfarro, la improductividad y la corrupción.
El mundo árabe entró en crisis tras el experimento nassersta, de la cual no la han podido sacar ni siquiera cíclicos aumentos en los precios del petróleo. La unidad árabe ha quedado definitivamente rota. La riqueza de las naciones con combustibles solo ha engendrado obscenas desigualdades sociales. El resto de las naciones del área, las que no tienen la “bendición” del petróleo, son el perfecto reflejo del estancamiento y la abulia económica. La industria no ha descollado, ni el comercio, los índices sociales llegan a ser pavorosos, lo mismo que las cifras de crecimiento e ingreso per cápita. Por supuesto, no se crean empleos para poblaciones que siguen siendo crecientes. Es en el mundo árabe donde hoy por hoy se encuentran los registros de natalidad más elevados del mundo. Así, el nacionalismo concluyó como una ideología basada en el fetichismo de las consignas y los conceptos como pantalla a la realidad, con poblaciones pobres y desmoralizadas, sometidas a los sistemas más autoritarios, si no francamente tiránicos, fuertemente apoyados por grandes potencias. Una extendida comarca son sociedades en coma prolongada donde lo único que crece son los excesos de los jeques, las aberraciones sociales, ah y, por supuesto, la megalomanía de los líderes.
En Egipto, tras la muerte de Nasser ascendió a la presidencia Anwar El Sadat, que firmó la paz con Israel y emprendió una tímida política de liberalización económica, incompleta y que benefició exclusivamente a la cúpula en el poder. Tras el asesinato de Sadat llegó el hoy defenestrado Mubarak, quien encabezó casi tres décadas de inmovilidad y estancamiento, gozando de una alianza privilegiada con Estados Unidos y Occidente pero comportándose como todo un autócrata, con corrupción pareja e intenciones de heredarle el poder al hijo. Nada. Sorpresas te da la vida. Este esquema quebró ante los ojos asombrados (y asustados) del mundo y una sociedad que parecía suspendida en el vacío de su pasado y en las paradojas de su patrimonio despierta para deshacerse de malos gobernantes cuya patente incapacidad de entender y asumir las nuevas realidades del planeta les impidió encontrar referencias en la modernidad.
