Como es bien sabido, el listado de las siete maravillas fue hecho en la época helenística y desde entonces han fascinado la imaginación de la humanidad. Una de las maravillas fue dedicada a la egolatría de un personaje relativamente menor, un sátrapa del imperio persa que heredó de su padre una situación de relativa autonomía respecto al emperador persa, y solo por ello pensaba que era merecedor de la inmortalidad. De hecho, para la mayoría de los historiadores la vida del sátrapa Mausolo no tiene nada de destacable, excepto, claro está, la construcción de una tumba monumental de mármol blanco, una magnífica estructura rectangular de 30 por 40 m, sobre ella 117 columnas jónicas en dos hileras sosteniendo el techo en forma de pirámide escalonada, y sobre este último la estatua de una cuadriga con las efigies del rey y la reina, alcanzando en conjunto unos 50 m de altura y rodeada de obras hechas por los mejores escultores griegos de la época que tallaron figuras y relieves en su estructura. Soportó el Mausoleo los saños y saqueos de las invasiones sufridas por Halicarnaso durante más de mil años, hasta que fue destruido por un terremoto en el año 1404. La época helenística conoció el esplendor del monumento, pero en nada reconoció al fatuo Mauslo, que fue justamente olvidado y de quien solo queda el apelativo de “mausoleo” que hasta la fecha damos a las tumbas monumentales, y de la que poca gente conoce el origen.
¿Fue de verdad tan mediocre este Mausolo? Fue en los albores del siglo cuarto antes de Cristo, mientras Esparta y Atenas diputaban acremente el dominio de Grecia continntal y el imperio persa decaía, que Hecatomnus, sátrapa de de Caria, aprovechándose de los problemas a los que se veía enfrentado Artajerjes II (rebelión de Egipto y Chipre y la del sátrapa de Lidia) procedió a establecer una autonomía considerable de su satrapía, al grado que decidió emitir moneda propia. Hijos de Hecatomnus fue Mausolo, qien heredó el control de la satrapía, y Artemisa, quien con el tiempo se convertiría en la esposa de su sátrapa hermano y principal promotora de la construcción de célebre Mausoleo. Costumbre extendida en la época esta de que los sátrapas se casaran con sus hermanas. Mausolo no fue tan gris como muchos historiadores afirman. Amaba el puerto de Halicarnaso (patria chica del historiador Herodoto). Fue ahí que trasladó la capital caria de Mylassa y a partir de ese momento Halicarnaso fue embellecida dotada de nuevas e imponentes murallas. Promovió también Mausolo una política de franca expansión. Aprovechó hábilmente las discordias dentro del imperio persa y amplió su influencia por Jonia y Lidia hasta incluso el mismo Sardes, satrapías todas ubicadas en Asia Menor (Península de Anatolia). Más adelante y haciendo gala de eso que llamamos instinto político y qué no es más que vulgar oportunismo supo el sátrapa remolón volver al lado de Artajerjes II y ayudarlo a dominar a otros gobernantes rebeldes, cuyos territorios le serían entregados el Gran Rey como recompensa a sus servicios.
Más tarde, azuzó con su habilidad natural para la intriga a varios aliados de Atenas en el área del Mar Egeo para que se sublevaran contra su distinguida aliada. Apoyo Nauslo dicha rebelión, la cual salió airosa. Rodas y Kos quedarían a partir de ese momento libres de la influencia ateniense, pero solo para caer bajo control directo del ambicioso rey de Caria, quien muere en el año 353 a.C. tras un fructífero reinado de 24 años.
Cómo se ve, Mausolo no fue de ninguna manera un gobernante mediocre, pero tampoco fue una de las grandes luminarias de la historia. Su pretencioso monumento fue objeto de burlas y reflexiones filosóficas sobre la futilidad de la jactancia humana. La más célebre es, quizá, el hipotético diálogo que Mausolo sostiene con el filósofo cínico Diógenes en el reino de Hades, y que aparece en los Diálogos de los muertos de Luciano de Samósata:
Diógenes: ¿de qué presumes, cario, que te parece lógico recibir honores en mayor grado que todos nosotros?
Mausolo: De mi condición de rey, sinopeo, yo que fui rey de toda Caria... Y lo más importante es que tengo erigido en mi honor en Halicarnaso un monumento funerario de enormes proporciones, como no lo tiene ningún muerto, ni tan primorosamente terminado, con figuras de caballos y de hombres esculpidos con el máximo realismo en la piedra más hermosa; difícilmente podría uno encontrar un templo de esas características. A la vista de todo ello ¿no te parece que presumo con razón?
Diógenes: ¿de tu condición de rey, dices, de tu belleza y del peso de tu tumba?
Mausolo: Sí, por Zeus, de todo eso.
Diógenes: Pero, lindo Mausolo, no están ya contigo ni la fortaleza ni la hermosura de antaño. Al menos si eligiéramos un juez de nuestra hermosura, no sé yo decir muy bien en qué se basaría para dispensarle a tu calavera más estima que a la mía, que ambas están calvas, mondas y lirondas, y damos a ver la dentadura de forma semejante, estamos desprovistos de ojos y tenemos chatas las narices. Y en lo que a la tumba y a los fastuosos mármoles se refiere, posiblemente servirán a los habitantes de Halicarnaso para exhibirlos y jactarse ante los extranjeros de tener un monumento importante. Pero tú, buen hombre, no veo yo qué ventajas sacas de él como no sea el afirmar que oprimido por unas losas de semejantes proporciones soportas un peso mayor que nosotros.
Mausolo: Así pues, todo eso no va a servirme para nada, ¿y Mausolo y Diógenes recibirán los mismos honores?
Diógenes: Los mismos no, amigo mío, no puede ser. En efecto, Mausolo no parará de gemir al acordarse de todos los bienes de la tierra en los que creía que radicaba la felicidad, en tanto que Diógenes no dejará de burlarse de él. El uno dirá que el sepulcro construido en Halicarnaso por Artemisia, su mujer y hermana, es suyo; Diógenes en cambio no sabe ni siquiera si su cuerpo tiene sepultura, pues le tiene absolutamente sin cuidado. Y ha dado que hablar a los hombres de bien por haber vivido, entérate tú, el más abyecto de los carios, una vida humana de más talla y asentada sobre base más sólida que tu sepulcro.

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