por Pedro Arturo Aguirre
Imposible equiparar el caso del culto a la personalidad a Ho Chi Minh con los de la inmensa mayoría de los sátrapas incluidos en estos articulitos. Aquí hablamos de quien fue, sin duda, uno de los grandes estadistas del siglo XX, quien hasta la fecha inspira a las izquierdas (lo que queda de ellas) de todas las latitudes por representar una pertinaz lucha contra los imperialismos. Ho Chi Minh se distinguió por su tenacidad y paciencia para conseguir la que fue meta central de su vida: la independencia de Vietnam, primero luchando contra el imperialismo francés, que en Indochina escribió algunas de sus páginas más ominosas, y más tarde contra la torpe y criminal intervención norteamericana.
Debe reconocerse que el culto al tío Ho sirvió a su pueblo para obtener una victoria heroica y no fue producto de la megalomanía desbordada de un loco delirante. Tampoco fue Ho un dictador sanguinario, aunque el régimen comunista que el encabezó formalmente, pero sobre el cual jamás tuvo un control absoluto, no estuvo exento de crímenes y excesos, y ha sido su asociación con la fracasada ideología comunista la que, con el tiempo, es la gran sombra que se proyecta sobre el legado de este hombre sencillo y épico. Muchos de sus biógrafos dicen que Ho Chi Minh era más un nacionalista que un comunista ortodoxo. Es hecho que su enfoque de cómo llevar a cabo la liberación nacional vietnamita, poco ferviente desde el punto de vista de la ortodoxia marxista, le valió muy peligrosas suspicacias en Stalin y Mao. La mayor parte de los biógrafos de Ho apuntan incluso que si Estados Unidos hubiese tenido más visión e inteligencia en su trato con el líder del Vietnam recién independizado en lugar de haber actuado con la miopía con la que lo hizo muy bien se pudo haber evitado esa ignominiosa guerra.
Hombre pequeño y de complexión débil, cara de asceta, mirada luminosa (que no de “iluminado”), el tío Ho poseía un poderoso magnetismo reconocido por amigos y adversarios. Era inteligente, encantador, versátil, articulado y políglota. También sabía ser un político rudo, si se lo proponía. Vivió la mayor parte de su vida fuera de Vietnam. Viajando por el mundo fue testigo ocular de las arbitrariedades del colonialismo en Asia y África. En París se ligó al Partido Comunista y desde entonces actuó con el nom de guerre de Nguyen Ai Quoc, que cambió al de Ho Chi Minh (“el que ilumina”) ya tarde en su vida, a los 52 años.
Fue objeto de culto incluso antes de asumir la presidencia del país, en 1945, aunque el siempre trató de moderarlo. Se negó a que elevaran un monumento en su honor en su pueblo natal con el argumento de que era preferible destinar esos recursos a la construcción de una escuela. Aún así, su atractiva personalidad lo convirtió en un símbolo que los comunistas no podían desperdiciar durante los duros años de la guerra. Plazas, aeropuertos, fábricas y calles llevaban su nombre. No se escatimó el número de afiches, posters y timbres postales con su efigie. Fue hasta después de su muerte que el régimen comunista se desbordó con la idolatría al líder. Pese a haber dejado expresos deseos en contario, su cuerpo fue embalsamado “a la Lenin” y hasta la fecha se exhibe en el monumental mausoleo en su honor erigido por sus sucesores que en mucho recuerda, también, al fundador de la malhadada URSS. Tras el triunfo definitivo del Vietcong la ciudad de Saigón fue rebautizada con el nombre de Ho Chi Minh, convirtiéndose el Tío Ho en un héroe epónimo. Pero más allá de la grandilocuencia comunista, lo cierto es que en vida el tío Ho recibió la veneración espontánea de su pueblo por su estilo de vida personal tan vernácula. Su popularidad, siempre inmensa, se mantuvo incluso pese al desgobierno y los errores de los comunistas, como sucedió cuando los comunistas cometieron todo tipo de tropelías durante el proceso de coletivización de la tierra. Imposible pensar en la independencia del país y mucho menos en la homérica victoria sobre Estados Unidos, sin su estimulante presencia.
No fue un gran ideólogo, pero Ho tenía una extraordinaria capacidad de análisis, tacto político, intuición y conocimiento profundo del mundo y de la gente. Quizá por eso jamás fue un marxista ortodoxo. Leyó ampliamente a los clásicos, a Shakespeare, Tolstoi, Marx y Zola. Fue un asceta, aunque disfrutaba de la buena comida (trabajó como cocinero en hoteles de prestigio durante su estancia en Europa). Fundó el Partido comunista de Vietnam pero sus compañeros de la dirección le dejaron en minoría muchas veces, e incluso llegaron a ironizar sobre sus puntos de vista. Ho Chi Minh no se parece a Stalin, Zar y verdugo de una revolución, ni a Mao, el emperador de la revolución china. La personalidad de Ho Chi Minh incorpora aspectos de Lenin (revolucionario, fundador de un nuevo estado), pero también de la conciliadora y ascética de Gandhi. Entre los revolucionarios comunistas victoriosos de Eurasia, su figura y talante no tienen análogos.
Claro, su error fue el comunismo, que era visto por Ho Chi Minh como la ideología más apta para realizar objetivos de modernización, independencia y desarrollo de su pueblo. Como lo cuenta William J. Duiker en su extraordinaria biografía, en 1945 en conversación con un funcionario de los servicios secretos estadounidenses ho se expresó así: “Lograr la independencia de una potencia como Francia es una tarea formidable, imposible de realizar sin ayuda externa. Para vencer es necesario organización, propaganda, disciplina y formación. También son necesarias toda una serie de creencias, una doctrina, un análisis práctico, una Biblia, podríamos decir. El marxismo-leninismo me dio todo eso”. Desde luego, estaba equivocado, pero fue uno de esos errores de “buena fe”.
Quizá la hazaña más destacable en la vida política de Ho Chi Minh fue lograr mantener la independencia del Partido Comunista vietnamita ante la pugna chino-soviética, tarea azas complicada teniendo en cuenta que el país dependía vitalmente de ambas potencias y que no podía permitirse el lujo de pelearse con ninguna de ellas. Fue una proeza de sutileza y tacto completamente obra de Ho, quien debió encarar los impulsos pro chinos de la mayor parte de sus imprudentes correligionarios. Pero la historia lo recordará, ante todo, por haber encabezado la resistencia y el triunfo final de su pueblo ante la prepotencia gringa, que convirtió al territorio vietnamita en campo de experimentación de armas sofisticadas y de criminales bombardeos contra la población indefensa. No está de más recordar que el Pentágono arrojó sobre Vietnam y el vecino Laos más de siete millones de toneladas de bombas y 100,000 toneladas de sustancias químicas tóxicas. Sobre Vietnam se descargaron más bombas que las arrojadas durante la segunda guerra mundial. En la guerra murieron cinco millones de vietnamitas. Millones de personas padecieron y todavía padecen los efectos del agente naranja, un potente defoliante que tenía como objetivo arrasar por completo la jungla del país para aislar a los guerrilleros. Washington lanzó sobre un cuarto del territorio del país unos 80 millones de litros de defoliante y napalm. Hay tres millones de personas enfermas por esa causa, según Cruz Roja. Me gustó el discurso de Obama al recibir el Nobel de la Paz, pero al ver recordar estas cifras uno se pregunta si no debió haber hecho alguna contrición respecto al triste papel de Estados Unidos en ésta y otras de sus canallescas guerras.
Pero lejos de entregarse al victimismo, el pueblo de Vietnam se ha superado. Tras un breve período de radicalismo ideológico que, para bien del país, terminó a mediados de los ochenta, con el victimismo, la nación se entregó a una serie de reformas que le han permitido incrementar sensiblemente el PIB per cápita de una nación que fue considerada una de las más pobres del orbe por décadas, elevar la esperanza media y transitar entre 1995 y 2006 del puesto 120 en el Índice de Desarrollo Humano al 109.
Ho Chi Minh vivió de forma sencilla y murió en 1969, en plena guerra, a los 79 años de edad. En su testamento dejó instrucciones para ser incinerado y enterrado en una montaña. Consciente de que su tumba atraería multitudes, estableció que sería bueno que cada visitante plantara un árbol, de tal forma, que, “con el tiempo se formará un bosque que embellecerá el paisaje y beneficiará a la agricultura”. “Cuando muera, hay que evitar que se organicen grandes funerales para no despilfarrar el dinero y el tiempo de la gente”. No le hicieron caso.

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