por Pedro Arturo Aguirre
La arquitectura ejerce una profunda fascinación en los ególatras empeñados en su afán de dar forma al mundo con monumentos, mausoleos, torres titánicas, estadios, bibliotecas, parlamentos, palacios…. pero el reto mayor para un megalómano ha sido levantar toda una ciudad que tenga su impronta indistinguible, una nueva Alejandría, como las ciudades que el legendario conquistador se dedicó a inaugurar a lo largo de todo su imperio. Ningún megalómano moderno lo había logrado a plenitud, ya sea por falta de recursos, tiempo o suerte. Cierto que tenemos ciudades ultramodernas surgidas casi de la nada en los últimos decenios, como Dubai o Shanghai, pero representan más las pretensiones de un sistema político o un clan dominante que el reflejo de los ensueños personales de un solo hombre. Lo mismo puede decirse de Naypyidaw, la insensata nueva capital de Myanmar, construida en medio de la jungla por un execrable régimen despótico cuyos líderes son casi anónimos. Podría alegarse que Singapur es el caso, pero eso es falso. Su impulsor principal, Lew Kuan Yew, ha sido sinceramente alérgico al culto a la persona.
Toda una ciudad con el sello de un ególatra moderno no había sido construida, quizá, desde la época de Alejandro. Hitler y sus delirios de grandeza arquitectónicos habían proyectado, con el concurso de Albert Speer, una gran capital “hitleriana” para cuando los nazis ganaran la guerra, la cual se llamaría “Germania” y que se levantaría sobre y en lugar de Berlín. “Qué bueno que los aliados destruyen Berlín, así será más fácil construir una capital completamente nueva”, decía el frenético fuerer mientras los bombardeos enemigos derruían su imperio. Afortunadamente nunca le llegó su tiempo a la tal Germania.
Sin embargo hoy, en un inusitado lugar en medio de las estepas del Asia central, se levanta una gran capital hipermoderna, monumental y exorbitante impulsada por la megalomanía de un sólo hombre. El nombre de la ciudad es (todavía) Astana, y su creador es el presidente de Kazajistán: Nursultán Nazarbáyeb, un dictador ni de lejos tan sanguinario como el que quiso erigir Germania, ni tan absurdo en la dimensión de su culto a la persona como algunos de los grandes megalómanos modernos, pero que ha instigado la construcción de una gran metrópolis con su indistinguible sello particular. Su propia versión de Alejandría.
Singular e impensado venero de líderes egocéntricos ha sido Asia central desde el desmoronamiento de de la Unión Soviética. Casos misteriosos son esas nulidades destinadas al eterno anonimato, pero que por caprichos de la historia de súbito se ven dueños de poder político y se revelan entonces como indómitos egocéntricos. Los dirigentes de los llamados “Stanes”, las remotas y polvorientas repúblicas soviéticas de la estepa, fueron todos ellos típicos apparatchik ascendiendo uno a uno los escalafones de la nomenklatura a la manera de los regímenes totalitarios: con una obediencia a toda prueba y una disciplina política rayana en la ignominia. Estos grises “gutierritos” se deschongaron al verse repentinamente al frente de sendas repúblicas independientes. El más astuto, perseverante, sensato y enérgico en esta camada de insospechados megalómanos es Nursultán Nazarbáyev, nacido en una familia campesina y formado como ingeniero metalúrgico, elegido tras largos años de oscura fajina burocrática jefe del Partido Comunista de la República Socialista Soviética de Kazajistán, quien al desaparecer la URSS se convirtió en dueño de un enorme país rico en recursos energéticos y minerales. Kazajistán es la novena nación más extensa del mundo y la más grande sin salida al mar. Un país estepario e inhóspito lleno de petróleo, gas natural, uranio, oro, carbón y manganeso nacido a la independencia justo cuando todas estas “commodities” comenzaron a cotizarse a la alza en los mercados internacionales.
Instauró Nursultán en su flameante república un férreo sistema presidencial personalista y autoritario. Supo hacerlo por etapas, calculando pasos y manteniendo siempre la fachada democrática. Un gobierno clamorosamente corrupto, nepotista y dictatorial….pero asaz opulento, que comparado con el deterioro político y económico en los países vecinos destaca por las enormes tasas de crecimiento económico y por el espectacular crecimiento del PIB por habitante.
El culto a la personalidad del líder no llega aún a los extremos, por ejemplo, del que se han verificado en Turkmenistán, donde un individuo con antecedentes y carrera política similar a los de Nursultan, Sapurmurat Nyazov, decidió endiosarse. Existe un culto a Nursultán, pero es un culto matizado por curiosos escrúpulos. Por doquier en la republica se encuentra con la imagen del presidente, dos enormes museos presidenciales (uno en Almaty y otro en Astana) dan testimonio de la vida y carrera del jefe, pero no existen estatuas del jefe a la manera de, digamos, Saddam Hussein, Stalin o las doradas del Turkmenbashi; ni se considera que el mandatario tenga un origen cuasi divino, como Kim Jong Ill; ni es obligatorio aprenderse en las escuelas el pensamiento y las obras del líder (que, por otro lado, no existen); ni se cantan himnos dedicados a Nursultán en las escuelas.
Tan comedido es el mandatario en su culto que hace poco tiempo se vio obligado a rubricar una ley aprobada en el Parlamento que decreta el 6 de julio, el día de la consagración de Astana como nueva capital, día feriado en todo el país. Por cierto, ¿Ya mencioné que, por casualidad, ese día es también el cumpleaños del presidente? Nursultán explicó en una entrevista a la televisión rusa que se había resignado a acceder a los deseos del parlamento porque consideró “inútil” imponer un veto presidencial en virtud a que los diputados habían advertido claramente que volverían a votar la ley con la suficiente mayoría para superarlo. “El parlamento aquí en Kazajistán es una rama independiente del gobiernó que expresa la voluntad del pueblo, como sucede en cualquier democracia” explicó Nursultán, y obediente ante la majestad del régimen democrático y de la división de poderes sancionó que su cumple…. digo, el aniversario de la consagración de Astana quedara como el gran día de festejo nacional.
Eso sí, Nazarbáyev ha logrado –no sin trabajos, se advierte- aplazar otra ley aprobada por aclamación en el parlamento que pretende otorgarle el nombramiento de "Elbashi," (padre de la Nación). Esos diputados kazajos no aprenden, y eso que en su totalidad pertenecen al partido fundado y comandado por Nursultán, el Partido de la Luz de la Patria.
La verdadera expresión en este singular y algo velado “culto tímido” a la personalidad es la construcción de la gran ciudad de Astana, desde 1998 nueva capital de Kazajistán, transformada de prácticamente la nada en una mega urbe mediante uno de los proyectos de urbanización más caros y ostentosos de la historia moderna, financiado gracias al aluvión de dinero que le ha caído a Kazajistán a cambio de su petróleo y gas.
Pretenciosa, llena del gigantismo de mal gusto que fascina al nuevo rico desde tiempos inmemoriales, la ciudad está situada en el corazón de Kazajistán, en medio de la estepa semidesértica. Más de 10 billones de dólares se ha gastado Nursultán en su capitalota, dinero invertido en construir decenas de patosos edificiotes, muchos edificiotes revestidos de vidrio espejado y coronados por horribles picos para sus ministerios, una voluminosa residencia presidencial pseudo neoclásica adornada por tamaña cupulota azul y un barrio diplomático.
Pero eso sí, nada de imitar a Camberra, Brasilia o alguna de esas aburridas capitales construidas para funcionar como meras ciudades administrativas. Nursultán quiere un nuevo Berlín, una ciudad que no solo sea sede administrativa del gobierno de una nación en el fin del mundo, sino una metrópoli vibrante, el gran centro cultural y económico que será el puente entre Europa y Asia. Por eso Kazajistán también tiene, o está en vías de tener, decenas de centros comerciales, lujosos condominios, una gran universidad, un Oceanarium, un aparatoso Centro Presidencial de la Cultura, un lujoso (y medio vacío) museo Suyfullin, flamantes teatros (uno ruso y el otro kazajo), una Ópera nacional, y monumentos, decenas, como el Complejo Memorial Ético (¡!!¡¡¡), el que homenajea a las víctimas de la represión política del comunismo, el dedicado al recuerdo a los kazajos muertos en la guerra de Afganistán, el Palacio de la Paz y la Reconciliación y tantos más.
Obviamente, Astana tiene un gran aeropuerto internacional digno de tan regia capital y una estación de ferrocarril que es un perfecto ejemplo de los menos agraciado de la arquitectura contemporánea, lo que va bien con el resto de la ciudad, desde luego, y ya se comenzó a construir el sistema de Metro. Todo esto ha sido erigido en el tiempo récord de casi 15 años y la idea es que para a más tardar 2030 Astana sea considerada, con todo derecho, una de las ciudades más importantes del mundo.
Para seguir con el recuento de las maravillas que presume Astana, no podemos omitir la que muy probablemente la obra consentida y la más “personal” de Nursultán.. Se trata del Xan Şatırı, un inmenso tendido como de circo transparente de 150 metros de altura perpetrado ni más ni menos que por Norman Foster, faraónica obra que tardó más de un año en construirse y que cubre un área equivalente a 14 campos de futbol soccer. El interior alberga un grandioso centro de entretenimiento con playas artificiales, palmeras importadas del Caribe, jardines, carruseles para los niños, cines, teatros, parques acuáticos, templos, restaurantes y todo tipo de tiendas. El bodrio fue inaugurado en 2010 en el marco de los fastuosos festejos del 12 aniversario de Astana como capital (que coincidió con el 70 cumpleaños del presidente).
Norman Foster, arquitecto ni exento de méritos pero que se ha convertido, como sucede con algunos de sus célebres colegas, en todo una “marca” cuyos trabajos cada vez son más irregulares, ya tiene el encargo de diseñar dos edificiotes más para la ciudad, de los cuales uno será el grandioso (no podía ser de otro modo) Auditorio Nacional de Kazajistán.
Nursultán también ama el deporte y lo utiliza como arma en su brega por hacer grande, grandote, a Kazajistán. Construyó un estadio que tiene una cubierta deslizante de diez mil metros cuadrados, uno de los seis estadios en el mundo con semejante recurso. Para poder utilizarlo con algo de dignidad, el presidente logró que su país, ubicado en las estepas en el corazón de Asia central, fuera admitida en la Asociación de futbol soccer europeo (UEFA), para que la selección kazaja juegue con equipos europeo de primer nivel. Además, desde 2006 el gobierno kazajo patrocina un equipo ciclista, el Equipo Astana, el cual en 2009 colocó como corredores propios ni más ni menos que a Alberto Contador y a Lance Armstrong.
Astana crece y crece como joya del todavía escrupuloso culto a la personalidad de Nursultán, pero al tiempo dejamos que la obra megalomaniaca se consagre como un inequívoco homenaje epónimo a su creador. En junio de 2008, fue planteada una propuesta parlamentaria para cambiar el nombre de la ciudad a "Nursultan". La idea fue rechazada por el modesto presidente, quien aclaro que de “ninguna manera en este momento”, que “en todo caso” la decisión de cambiar el nombre de la ciudad debería ser para las generaciones futuras, pero ya se ha visto que en Kazajastán de nada sirven los caprichitos del gobernante cuando ha pretendido obstruir a la voluntad popular. Un buen día los diputados cumplen a cabalidad su mandato, hacen valer su inapelable soberanía y Astana se convierte en “Nusultán”, faltaba más. ¡Viva la democracia!
No se puede aspirar a ser una Alejandría o, ya de perdida, un Berlín estepario si Kazajistán carece de relevancia mundial. Por eso urge al presidente ver a su país convertido n una potencia mundial, por lo menos estar incluida dentro de las 50 naciones más importantes del mundo. Por el momento, nadie ha puesto reparos a tan noble idea. Los europeos le siguen la corriente a Nursultán y ya incluyeron a Kazajistán no sólo en el fut, sino también Organización para la Seguridad y Cooperación Europea. La ex república soviética es también miembro del célebre dizque “club de ricos” que es la OECD y ya hasta se organiza en Astana otra fiestesota para recibir una reunión cumbre de dicho grupo. Y si Kazajistán no puede ser un BRIC, Nursultán de perdida quiere imitar a los NICs de Asia-Pacífico, los famosos “tigres” aunque, como explicó el presidente a sus gobernados hace poco, como en Kazajistán no hay tigres, lo que se debe hacer es aspirar a ser es un “leopardo de las nieves”, que de esos si hay muchos en las heladas estepas kazajas.
Eso sí, quienes mejor han sabido darle bola a Nursultán con eso de considerar potencia mundial a Kazajistán son sus taimados vecinos chinos. Lo apoyan con recursos en todos sus proyectos a cambio de permitir una creciente presencia de China en la vida económica, nación que ha invertido más de 9 billones de dólares en el país del leopardo de las nieves, y cuyas empresas petroleras extraen más de un cuarto del total de la producción crudo kazajo. Beijing financia la construcción de un gasoducto que le permitirá importar directamente gas natural de los campos al este de Kazajistán y tiene a más de 50,000 personas trabajando en la construcción de una autopista que conectará China con Europa. Rusia y Estados Unidos ven con preocupación la creciente influencia de su adversario estratégico en un país con tales recursos y que linda con el Mar Caspio e Irán. También es cierto que muchos kazajos resienten tanta presencia de los chinos. Un chiste que se ha hecho popular en el país dice que si uno pretende salir del país para buscar una mejor fortuna en el extranjero lo que se debe hacerse es aprender a hablar inglés, pero si lo que se quiere es quedarse en Kazajistán, lo que se necesita es ¡aprender chino!
Eso sí, Nursultán está encantado con su alianza ya que los chinos le dan el lugar que se merece. ¡Qué diferencia con ese histrioncillo occidental, Sacha Baron Cohen!, que en pleno auge del nuevo Kazajistán y su magnífica capital Astana se aventó a hacer una sátira en donde caracteriza al kazajo como un pueblo rústico, ignorante y extremadamente subdesarrollado. En su película Borat (2006) Cohen es un reportero de la televisión Kazaja que viaja a Estados Unidos y se avienta puntadas como decir que las mujeres en Kazajistán son guardadas en cajas, que la bebida nacional es fermentada en orina de caballo y que en la letra del himno nacional se exalta la limpieza de las prostitutas del país y el poderoso pene del líder. Claro que Nursultán rabió a morir con la dichosa peliculita. Nada más exasperante y peligroso para un líder megalómano que una buena sátira. Obviamente Borat está proscrita en Kazajistán. ¿Pues que se han creído? ¿Qué una nación tan rústica y atrasada como la que se pinta en Borat sería capaz de construir una capitalotota tan modernotota y tan llena de de edificiototes y monumentotes como los que tiene Astana-Nusultán por centenas?
Mi humilde opinión es que sí
